Hace casi diez años que hice la freak-ada de pedir una chequera en la caja de ahorros para poder emitir un cheque en euros. Para mí la peseta había muerto el 31 de diciembre de 1998 y aquello que circuló hasta 2002 no era más que una división obsoleta de la nueva moneda.
Siendo defensor de la ACHE (armonización, cohesión, homologación y estandarización) en lo que concierne a Europa, me escandalicé en cuanto comprobé que las caras de las monedas iban a ser diferentes dependiendo del banco que las emitiera. Deseaba una pérdida de identidad total en todo lo que fuera cosas prácticas, desde la moneda hasta las placas de automóviles.
Lo que me parecía ridículo entonces, ahora me produce frecuentes sonrisas. Cuando abro el monedero y me encuentro con arpas célticas, me viene a la mente mi coleccionista favorita de monedas irlandesas. Cuando veo la conmemorativa del Tratado de Roma, me acuerdo de otro defensor acérrimo de la ACHE que supongo daría saltos de alegría cuando se enteró de que iba a haber una emisión de monedas de dos euros con el mismo dibujo en todos los países de la eurozona. Y supongo que volverá a botar con la segunda emisión conjunta de 2009.
Tras años de ACHE ahora soy partidario del ICHI (identidad, cohesión, humanidad e integración). El entorno que me rodea ha cambiado mucho en los últimos 10 años y yo he cambiado con él.
Al final la chequera acabó impoluta en un triturador de basuras. Como diría Ángel Garó en una de sus sevillanas en japonés, se fue a tomar por ICHI.
IMAGEN: Botellín sin etiqueta pero con identidad, diciembre 2008