halagar
(Der. del ár. hisp. haláq, palomo ladrón).
1. tr. Dar a alguien muestras de afecto o rendimiento con palabras o acciones que puedan serle gratas.
2. tr. Dar motivo de satisfacción o envanecimiento.
3. tr. Adular o decir a alguien interesadamente cosas que le agraden.
4. tr. Agradar, deleitar.
28 jul 2008
Halagar al cliente
"Menudo imbécil"
"Wat een eikel!" (dependiente de los que penden)
El mejor broche final cuando el cliente se marcha sin que se haya producido una venta es insultarle. Sobre todo si tenemos la convicción de que no entiende la lengua con la que nos comunicamos con el resto de los empleados.
Sin lugar a dudas este hermoso gesto estrechará lazos con nuestros colegas. No sólo demuestra que tenemos más salero que nadie, sino que además ponemos al cliente en su sitio. Si tenemos la suerte de que alguien más elevado en el organigrama o incluso el mismísimo dueño de la empresa nos escuche, tendremos muchísimas posibilidades de ser ascendidos.
Si por la razón que fuera no nos atrevemos con el desprecio frontal, siempre podemos insultar la inteligencia del cliente de una manera más sutil. El proceso de compra nos brinda múltiples ocasiones para hacerlo. Por ejemplo, si somos dependientes y vendemos prendas de vestir de diseñadores italianos, podemos dirigirnos a un cliente que lleve una camiseta de Giorgio Armani o Roberto Cavalli dándole lecciones sobre las tallas.
En caso de que el cliente reaccione con una sonrisa y una mirada de asentimiento, siempre podemos soltar un “¿y por qué este no?, ya le he dicho que las tallas italianas son diferentes” cada vez que deje una percha en el colgador tras haber mostrado un cierto interés. Cuanta más sea la violencia con la que el cliente cuelga la percha, más nervioso se estará poniendo.
Si vemos que el cliente se dirige al probador con alguna prenda en la mano, podemos ir tras él espetando todo tipo de argumentos para que se sienta incómodo, como “no hace falta que se la pruebe, tiene exactamente el mismo corte que la que lleva puesta”, “no voy a quitarle los alfileres a esa camisa; en todo caso utilice la que está colgada, aunque el color, el tejido y el estampado sean diferentes” o “esa no es su talla, ¿no le he dicho ya que las tallas italianas son diferentes?”.
Si todo falla y el cliente permanece imperturbable, siempre nos quedará un as en la manga: la técnica de la humillación absoluta. Cuando el cliente salga del probador con algo que le caiga mal, le lanzamos un “usted no es muy bueno escuchando, ¿verdad?”.