El cuidarme por fuera es una de las cosas que aprendí de mi padre. Mientras que mi madre se cortaba el cabello ella misma e iba luciendo sus canas con orgullo, mi padre se pasaba los inviernos en la terraza y los veranos en la playa, poniéndose negro como el tizne mientras se arrancaba los pelos blancos de la barba con la ayuda de un espejo.
Él le sacaba una decena de años a ella y aun así nadie hubiera dicho que no fuesen de la misma quinta. O que fuesen de la misma etnia.
Quizás sea por eso que cuando me encuentro en el metro camino de la oficina señoras señoreadas como la de la fotografía, no puedo evitar sonreír y sentir un poquito de envidia. Incluso ahora sonrío, recordándola. A pesar de que la sociedad intenta barrer a las personas mayores debajo de la alfombra o con destino a “Prados Soleados” [pequeño homenaje a Estelle Getty], aún hay gente en la tercera edad capaz de dejarnos con la boca abierta y la lengua fuera.
IMAGEN: Metro de Ámsterdam, mayo 2008