Si hay una buena razón para no poner los pies en una biblioteca pública es la manía que tienen algunas personas de llevarse los libros prestados a las playas nudistas.
Echarse una cabezadita entre capítulo y capítulo puede tener como consecuencia dejar un profundo aroma de pescado o incluso volver ininteligibles pies de página o párrafos enteros a causa de los efluvios corporales. Y no me es necesario leer una novela de Danielle Steel. Incluso en Holanda se suda en la playa, aunque sólo ocurra un par de días cada lustro.
Cuando voy a la biblioteca pública lo hago para deleitarme con las vistas sobre la ciudad o disfrutar del diseño y la arquitectura del edificio principal. Los libros, ni los toco. Prefiero comprarlos, poseerlos, almacenarlos, leerlos y, si estorban, regalarlos. Tampoco los presto ni los pido prestados.
Cosa diferente son los libros que no tengo a mi alcance. Con tanta mudanza unos se han quedado allí y otros allá. Pero ya no son mis libros. No los veo ni los echo de menos. Sé que mi sobrina usufructúa los libros que dejé en casa de mi madre, pero como no me los pide tampoco me pone en el compromiso de aflojarlos.
Por lo general, prefiero la tapa blanda. Gracias a los libros encuadernados de esa manera ya no hay que estar sentado a la mesa o en un sillón con orejas para poder leerlos. El sofá del salón, la tumbona de la piscina o la taza del váter se convierten así en asientos ideales donde dejarse llevar sin clavarse las tapas en la tripa o dejarle a uno las manos exhaustas.
Hace unos meses buscaba precisamente alguna novela ligera para leer durante las vacaciones y no pude comprar La Catedral del Mar. No lo he llegado a leer ni a comprar, así que no puedo juzgar el contenido, pero el continente sí. El que me mostraron en la librería era lamentable. ¿Cómo pretendía el editor que me llevara en el equipaje de mano semejante tocho de 672 páginas, con unas escasas 350 palabras por página, una pésima calidad del papel y encuadernado en cartoné? Hay libros que no se merecen más que una edición de bolsillo, y éste es uno de ellos.
Dejando a un lado enciclopedias y diccionarios, cuya vida en papel ya no tiene demasiado sentido, si hay un tipo de libro que se merece una encuadernación lujosa y en gran formato es el de cocina. Y lo seguirá haciendo hasta que alguien se empeñe en incluir al lado de cada receta un recuadro que al rascarlo desprenda el olor que debiera de tener el plato.
El papel y los olores nunca se han llevado demasiado bien. Entrar en una papelería en pleno lanzamiento de cualquier colonia resulta un suplicio por culpa de las muestras gratuitas de las revistas, así que no quiero ni pensar en un libro con olor a pescado.