Llevo la tira de años inscrito como "hijo" en el libro de familia, al igual que todo el mundo. Excepto las hijas, claro, y los de perra, que por razones que no vienen a caso se llaman cachorros.
Como hijo, siempre he tenido la excusa para aprender sin educar y no creo que vaya a ejercer la labor de padre ni mucho menos de madre. Esta última tiene que ser francamente odiosa, no por que se te hinchen los pies mientras estás preñada, sino por la labor que tienes que desempeñar convirtiendo en un ser independiente algo "tuyo" que ha formado parte de ti.
Desde el punto de vista egocentrista la maternidad es un asco, por no hablar de que luego la criatura no saliera como te hubiera gustado: católico en lugar de ateo, madre soltera en lugar de ministra de educación, presidente de la SGAE en lugar de acompañante de viudas, obeso en lugar de atlético, infeliz en lugar de feliz...
El caso es que parece que la familia tira y dentro de unos días un buen amigo hace cuenta de ello y se casa. Estoy muy feliz por él y su chica. No por el evento en sí, porque ese día todo el mundo está atacado o borracho y se desperdicia una cantidad de dinero impresionante para que luego queden sólo las fotos y esa estatuilla de Lladró que no hay manera de que se rompa, sino porque he visto cómo se miran a los ojos y se hacen feliz mutuamente.
Independientemente de lo religioso o cultural, van a crear un hermoso espacio de protección donde caben patrimonio y descendencia. ¿O no era eso el matrimonio? Que se lo pregunten a la plataforma de integristas Hazte Oir.
No sueño con el matrimonio, sino con una familia cuyo parentesco vaya más allá de lo genético. No sería familia sin los amigos, con los que a menudo intercambio cosas más profundas que con los parientes. Aprecio más a mi hermana por esforzarse en construir una amistad que por la consanguinidad, que al fin y al cabo no deja de ser gratuita.
Si me estoy equivocando, el tiempo no me dará la razón.