A riesgo de parecer más raro que un perro verde, voy a contar que cuando vivía en Barcelona en más de una ocasión me metí en una iglesia buscando silencio.
Todo empezó un día, paseando cerca de la iglesia de Santa Maria del Mar, cuando mi amigo Carlos se empeñó en entrar para mostrarme la acústica y de paso alejarnos un par de minutos de las manadas de turistas que hervían en El Born. Aquel día descubrí la iglesia sin mayúscula.
Nada tiene que ver con misticismos, que hace años que estoy divorciado de la de las mayúsculas. El caso es que funciona, o mejor dicho, funcionaba. O bien ahora estoy más relajado o bien ya no tengo que huir del bullicio porque no lo hay. Quizás sea que donde vivo ahora de iglesias haya pocas, cobren entrada, o me descoloque el que hayan sido reconvertidas en otros equipamientos con más adeptos.
Cuando llegué, haciendo turismo visité la Oude Kerk de Ámsterdam, donde me encontré con la exposición de World Press Photo, cuyas fotos mostraban entre otras cosas los horrores de la guerra. Fue una experiencia lacrimógena, que repito una vez al año en la nueva edición del premio de fotografía.
Las siguientes experiencias en iglesias fueron similares. No por los lagrimones, sino por el hecho de quedarme atónito al ver los nuevos usos que tenían: edificio de oficinas, sala de conciertos, de exámenes o salón-comedor, entre otras.
Cada vez que viajo a una ciudad o pueblo nuevos no dejo de visitar alguna iglesia. En noviembre de 2006 tuve la ocasión de conocer Groningen, cuya iglesia Martinikerk se llevó la palma en usufructo de la misma.
Como muestran las fotos, parecía un circo. Se podía tomar uno un café por un euro y medio, comprar artesanía, encurtidos locales y hasta litografías y calendarios. Lo más curioso, por cinco euros por barba podía subirse a un elevador para observar más de cerca las pinturas de las paredes.
Para postre, al cabo de media hora de haber salido empezó un pequeño concierto de campanas cuyas canciones eran grandes éxitos pop/folk. Tom Jones estaría bien contento.
La próxima vez que vaya a Groningen veré si se trató de un evento especial o si puedo definitivamente tachar de hortera a la organización de dicha iglesia. Aún no salgo del asombro. Eso sí, el edificio era una maravilla por mucho que el modelo de negocio roce el ridículo pueda ponerse en entredicho.